Cartas sin motivo

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Cuando dicen los que lo dicen que estamos haciendo las cosas mal, me sulfuro: ¿alguien sabía de antemano cómo comportarse en el caso de que una pandemia, no sé, se desplomara de pronto sobre tu vida? En general, creo que hemos sido adaptativos («Todos a casa», todos a casa; «Todos con mascarilla», todos con mascarilla), generosos («No, padres, no voy por navidad, no, los nenes tampoco»), pacientes («¿Podéis esperar un momento fuera?», «Espera, que limpio el pomo de la puerta»). Y hasta aquí, mi aportación sobre que si nos relajamos. Se relaja tuputjubmagtdre.

Yo, para relajarme, inspiro, espiro y escribo cartas sin motivo.

Hace un día de múltiples meteoros. Acabo de pagar el primer trimestre a Hacienda. La confianza y la fatiguita se pelean. Me refugio en el atelier. Entra E.:

  • ¿Qué haces, papelera?
  • Escribo cartas.
  • ¿Y a quién?

A mis sobrinas, a mis hermanos, a las amigas, a las atentas, a los que extraño, a los que amo. En el universo papel lo llaman Snail Mail: un intercambio de cartas primorosamente decoradas con sellos, washis, papeles preciosos, que incluyen también algún pequeño regalito, lo que quepa en el sobre. Yo me complico cero, porque tengo mucha plancha, y porque para mí, lo valioso es compartir un rato con alguien querido a través del papel. Cojo restos de scrap, la parte de atrás de un Tassotti, inspiro, espiro, y escribo.

A los días, recibo wasap:

  • Mi marido me ha dicho que me había llegado una carta de amor.
  • Mira lo que tengooo, titaaaaa!
  • Qué feliz me hiciste con esta postal : )

Y yo les digo que las cartas hacen feliz a quien escribe y a quien recibe. Y que sigan la cadena de las cartas sin motivo.

Se marcha E. Cojo media cuartilla de lokta, inspiro, espiro, y escribo: «Querida E.»

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