Calendarios

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Agotado. Agotado. Agotado. Todos los calendarios de este año han volado. Yo creo que ha sido para deshacernos del 2020, sentir entre las manos el 2021, y pedirle que, él sí, cumpla la promesa de que todo va a ir bien.

Recoge los bártulos el almanaque Week-o con sus 52 historias fabulosas; se despiden con un beso al aire los 3 modelos viajeros de Rifle Paper, agitando alegremente su tarjeta de embarque. Incluso uno nuevo botánico, que, cuando vi que los días de la semana venían en finlandés, pensé pufff, no se va a entender. Agotado también.

Todos los años, los vecinos de la tienda de fotocopias, los vecinos, me regalan su calendario. Es una foto grande, y 12 hojas que se arrancan. Se ve un paisaje de otoño, un castaño en primer plano, después un refugio de piedra, después robles. Se ve un otoño para refugiarse.

Me cuenta P. que este año quiere dibujar su primer calendario, que quiere pintar en acuarela los cielos que vemos con el paso del tiempo. Se lleva papel, lo imprimen los vecinos, me lo enseña como quien enseña a su chiquillo: «Mira enero, qué bonico, y mira mayo, me encanta mayo, y mira…»

He olvidado el año que aprendimos a hacer un calendario en el taller [lo he ido a ver a la pared del atelier: diciembre 2016]. Desde entonces, las aprendices que vinieron lo repiten cada año: 6 hojas de scrap, 2 cartones, 2 anillas, papel vegetal. Para sus casas, o para los abuelos, queda precioso con las fotos de los nietos.

No debe ser fácil ser calendario de 2021, el año deseado después de un año tan malo. Todo el mundo comprándote, escrapeándote, dibujándote, regalándote. «Haré lo que pueda», nos dice un poco sobrepasado. Y si la cosa viene mala, mirad la carita de los nietos, el refugio de otoño, los viajes soñados, el cielo de mayo.

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