Jacintos y chanclas

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Compro flores a mi floristera de confianza. Hacemos concurso de ver quién está más fatal, quién se va a jubilar antes, quién tiene el pelo más rizado, quién más ganas de ver el mar. Yo siempre llevo en la macchina las chanclas, como la certeza de que el mar está al final de 3 horas de coche. Se lo cuento y dice que no: que a ella las chanclas le hacen daño, porque ella es fina, y yo no. Nos reímos. Nos tiramos besos. Ella que nunca daba besos.

Traigo jacintos a la tiendita, están en bulbo, es milagroso ver cómo crecen despacio, casi con pereza, hasta el día de invierno que deciden florecer. Las flores de invierno me dan calma y me dan opciones: una puede pasarse el año entero bajo tierra, hacia dentro, escuchando los piropos a las flores de primavera, de verano, y florecer sin más un mañana de enero.

Pongo los jacintos en el escaparate. Les hago foto. La subo a Instagram. Contesta M., que ella también los tiene plantados en el jardín, que salen cada año solitos, sin pedir permiso.

Desde la puerta, habla señora con perro:

  • ¿Son jacintos?
  • Sí.
  • Yo también tengo. Pero los entierro en enero. ¿Si los entierro ahora saldrán?
  • [Y yo qué sé, pienso en los subtítulos de por dentro de la cabeza]. Pues supongo que sí, pero pregunte a su floristera de confianza.
  • O a la vecina que me los dio.
  • Mejor.

Me quedo mirando los jacintos, con su bulbo y sus hojas clamando al cielo: son las chanclas en el maletero, el regalo entre vecinas, la visita inesperada en el jardín, la promesa de que se puede estar para dentro y florecer sin pedir permiso, de que el mar está cerca, y nos espera.

2 Comentarios

  1. Poetaaaaaaaaaaaaaa, pero qué bien escribes papelera, un gusto leerte. Gracias sigo pensando que deberías recopilar y publicar, tengo el título «Diario de una papelera» compro, compro y comparto.

    Abrazo

    Susana.

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