Respira y sonríe, bajo la mascarilla

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Me manda J. un wasap. Lo escucho en el atelier, nos separa un océano, y mientras preparo los pedidos, la imagino charlando a mi lado. Me cuenta que, si no queremos sufrir más de lo debido, tenemos que adaptarnos cuanto antes, aceptar que nos esperan meses con muchas limitaciones, con incertidumbres y cambios constantes, que su receta para adaptarse es respirar profundamente, y poner una sonrisa.

Bajo la mascarilla, hago caso a J., respiro hondo, sonrío. Pongo todo mi empeño en adaptarme lo mejor que puedo: un sábado de marzo me dijeron que cerrara la tiendita y cerré; pude mantener envíos y los hice con mucho cuidado; me dijeron que podía volver con cita previa y recuperé la agenda, dormida en la hoja del sábado de marzo; me exigieron medidas de higiene y prevención, y la empresa de mi corazón limpió a conciencia, compré un flus para las suelas, un gel para las manos, retiré adornos, fijé distancia de seguridad, me hice amiga de la mascarilla. Me adapté.

Pero se me olvidó prepararme para el impacto de volver a ver a la corriente atenta. No contaba con desmoronarme al ver a la profe de la escuela, y llorar con ella a dos metros de distancia. Igual con P.: en la cuarentena me contaba cuánto le acompañaba el scrap, pidió cita, trajo unos mejillones para echarnos unas risas… y solo pudimos llorar. Lo mismo con M. Y con C.

Yo sé que esto es normal, que conforme pasen los días, sabremos encontrarnos sin lágrimas, aprenderé a coger las cosas bellas que me señalan a distancia, limpiar el datáfono después de cada pago, yo sé que estaremos más tranquilas, y que volverán las risas. Así que respiro hondo. Y sonrío. Y agradezco adaptarme desde lejos, y desde cerca, al lado de las atentas.

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