El repartidor es mi amigo

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  • Lo dijiste.
  • Ya sé que lo dije.
  • Que es viernes.
  • Que sí.
  • Los atentos la esperan.
  • Que ya vooooy!

Había pensado escribir una servilleta intensa sobre los envíos en tiempos de coronavirus, rollo dilema moral: que sí hago fatal teniendo a los repartidores en la calle, que si nada de lo tuyo es esencial, que si a saber cómo los preparas, que si las tiendas chapadas y tú trayendo novedades. Y luego contrapesar con que si la mascarilla es mi amiga, el recibo del alquiler es amigo, la incertidumbre sobre cuándo volveremos y cómo, la nonómina que noingreso, lalalalá… Qué pereza, con el día tan bueno que hace, y este solecito en la cara, voy a pasar de escribir nada.

Y suena el wasap.

  • Hoy éste lo entrego yo!

Es de C. Ayer quedé con él en la tiendita, se llevó una pila de pedidos, me manda foto con uno de ellos, se dirige contento a casa de una atenta.

Me deja C. sin palabras. Trabaja como un jabato, tiene chorromil entregas y recogidas, come un bocata en la furgo, debajo de su casa “me lo tiran por la ventana, y así no subo, por no andar cambiándome, es que tengo chiquillos”; se frota sus guantes con gel hidroalcohólico, no hay día que no me sonría, a través de su mascarilla. Yo casi me disculpo por darle más plancha. Y él me cuenta que es autónomo, y que cobra por pedido repartido. Y el tío va y piensa, con todo este cristo bendito, que estaría guay mandarme un wasap con una foto, para que viera que lleva en reparto uno de los pedidos.

Entonces voy a por el ordenata, vuelvo a la terraza, escribo sobre la importancia de los envíos, porque la corriente atenta me quiere, y el repartidor es mi amigo.

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