Cartas

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En mi lista de propósitos para el nuevo año está tener una o ninguna multa al mes. Este mes, ya he cumplido mi objetivo (una). También quiero cantar el mantra de los milagros todas las mañanas, me ayuda a comenzar el día sintiendo que lo imposible es posible. Por eso, si encuentro luego aparcamiento al lado de la tiendita, lo vivo como un milagro de Dhan Dhan Ram Das Guru. O si aparco lejos, y en el camino me abraza una amiga que hace montones que no veo, también lo es.

Y quiero escribir cartas. No me refiero a los snail mail, los intercambios de cartas que llevan un montón de adornos y de regalos y de tiempo, no. Yo quiero escribir, sencillamente, con papel y con boli, a gente que quiero, y que vive lejos. Los christmas de navidad fueron el detonante: sentarme, evocar a la persona apreciada, y durante el tiempo que dura una postal, estar plenamente con ella; y notar, al terminar, el canal de emociones que se abre a través del papel.

Entra la cartera, trae una carta en mano, unas nadadoras se zambullen por el sobre, es de C., una maravillosa atenta que lleva unos años viviendo fuera. Me cuenta que se puso muy contenta con la tarjeta navideña que le envié absolutamente fuera de fecha, dice que para ella, escribir cartas es una de sus aficiones más constantes, me manda besos, abrazos y un corazón que palpita. Sus dos cuartillas me dejan envuelta en amor.

¿Cómo es posible que un trozo de papel haga tanto bien, a quien lo manda y a quien lo recibe? ¿Cómo sabrán las cartas encontrar su camino, por tierra, mar y aire, y llegar desde la mano hasta el corazón? Quizás escribir cartas no sea mi propósito. Sino mi milagro.

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