Carta a M.

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Estimado M.,

Su primer pedido lo recibo estando de vacaciones. Desde el móvil pude ver que era un cliente nuevo, que pedía Ballograf, y lo hacía desde Las Palmas. Pienso: «Le cuesta más el envío que los bolígrafos. Le pondré extra de atención.» A mi vuelta de dar pedales, preparo su paquete, escribo la postal, coloco una bolsita de arena portuguesa, qué bolis suertudos, que van a volar sobre el mar. Y pienso: «Entre el retraso por mis vacaciones y el transporte en avión, este hombre no va a pedir más.»

Y sí. Llega a los días su nuevo pedido. Elige el Ballograf coral y el amarillo, y otro recambio de tinta negra que —así lo explica la marca sueca— da como para ocho kilómetros de escritura. Andando, ocho kilómetros dan hasta la orilla del Tormes; lo acompaño hasta allí, lo despido de nuevo, con su postal, y su arena de Portugal.

Es media mañana, la cartera trae carta. Sonrío, reconozco la letra de mi madre, giro para confirmarlo. Y no. Es de usted, apreciado M. Abro la carta con cierto reparo: ¿estará descontento con los pedidos, se habrán despistado en la puerta de embarque, confundido en la aduana, qué será lo que reclama?

En medio folio, escribe que es cliente asiduo de los bolígrafos Ballograf, «los cuales valoro mucho por su calidad y su elegancia»; lo que le gustaron «los puñaditos de arena»; cómo le encantaría volver a Salamanca algún día y visitar, también, «su papelería». Acaba apreciando «las notas de agradecimiento, ya que no es habitual que la gente sea agradecida.» Firma con gracia, y abraza su carta con una postal, radiante de azul y verde insular.

Si hubiera un tercer pedido, no dude que se lo llevaré en mano, por apreciar lo atento desde tan lejos y hacérmelo saber, a papel y boli sueco.

 

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