Hortensia

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Yo me emperré; como me emperré en abrir Atentamente, como en subir el Kilimanjaro. Mi floristera de confianza me lo desaconsejó, pero es que yo ya estaba decidida: «Que me la des te digo, que ya sabes que a mí me va la marcha tropical.» Me miró como me miraron los sherpas. Le tiré un beso, y me fui con mi hortensia blanca bajo el brazo, sintiendo lo que se debe sentir cuanto te toca la lotería. O Santi Balmes.

Ya sé que las hortensias necesitan agua, necesitan luz —pero no sol—, necesitan Norte. ¿Estamos en el Norte? Negativo. Pues por eso precisamente necesitamos la hortensia. Para acercarlo.

Pues bien: la hortensia lo peta. Una regadera diaria, y le han crecido unas flores espléndidas. Las atentas ya no dicen «Buenas tardes»; ahora dicen «¡Pero cómo está la hortensia!». Una señora con perrete se para a tocarla, comprueba que es de verdad. Me explica: «Pues si les pones un hierro, se vuelven azules.» El perrete amaga subiendo la pata. Yo lo miro asesina mientras entra una clienta, busca papel para forrar una caja, dice que nunca lo ha hecho. Se decide por el de hortensias, a ver si le queda tan bonita como la de fuera.

Sale el vecino con su garrafa de agua. El ayuntamiento aún no ha encendido el riego automático, y se dedica a regar por su cuenta los nuevos abedules. Comenta que también tiene hortensias, en el pueblo, más fresquitas, que en invierno me ayuda a podarla, que gracias por poner la calle bonita.

Y pienso en lo bueno que es emperrarse: cuidar de una tienda venida de otro planeta, regar los abedules a tu bola, hacer cajas sin tener idea, acercar el Norte. Está bien decidirse por cosas de las que te miren raro: tu premio es tu hortensia.

 

 

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