La madre

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La madre llega a la tiendita. Busca una tarjeta especial. La papelera le dirige hacia los expositores de tarjetas, escogidas precisamente por ser distintas, alguna le ha de encajar. Le invita a mirar.

La papelera recopila facturas de Finlandia, Alemania, Suecia, Italia. Pone cara de susto, aprieta el culo, respira varias veces el primer trimestre fiscal. La madre no encuentra su tarjeta. Reclama la atención de la papelera. Le cuenta que es para su hijo, que lleva estudiando muchos meses, y por fin se examina para la oposición. Que ella le ha acompañado en este trayecto, pero el último tramo lo tiene que hacer él. Que quiere escribirle algo especial en una tarjeta. Especial.

La papelera manda al guano el iva intracomunitario. Escogen un papel, un sobre, pasan al atelier. Elaboran la tarjeta perfecta. La madre saca del bolso un papel doblado, ya trae preparado lo que va a escribir.

La papelera trata de recordar cuándo le pusieron esa multa que le acaban de notificar. La madre entra sonriente. Su hijo ha pasado el primer examen, le queda otro, quiere volver a escribirle una tarjeta, que ya es una liturgia, que le ha dado buena suerte. La papelera respira la multa, respira el aprobado, respira el amor de madre, respira el papel.

La madre explica que hace el examen fuera, que esconde la carta en la maleta, para estar a su lado, de alguna manera. La papelera apenas ya interviene. La madre elige su papel, su sobre, sus palabras ensayadas, la intimidad del atelier.

La papelera ama las tardes de lluvia. Incluso si no aparece nadie. Aparece la madre. Y su sonrisa. Su hijo ha aprobado. Da las gracias por haberla ayudado. La papelera dice que no ha hecho nada, que si no sé qué. La madre saca del bolso bombones.

La papelera se come uno cada noche. Y respira.

 

 

 

 

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