Abrazos de bimba

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Dicen que da paz, que sosiega, que sienta bien. Dicen que si están tristes, al verla, se alegran; y si están alegres, les dura más. Dicen que es bonita, bueno, que es preciosa. Algunas dicen que se sienten como se sienten al llegar a casa. Eso dicen.

Y yo entiendo muy bien lo que cuenta la corriente atenta cuando viene a ver a la bimba. Porque a mí me sucede exactamente igual. Puedo llegar al galope, después de evitar ene tendiendo a infinitos marrones —ir a por cash al banco, pagar facturas bonitas, saludar a mis amigos de Hacienda, perder la salud buscando aparcamiento… n∞∞∞!—. Entonces, abro la puerta, la bimba me lanza los brazos, y todo el drama se queda fuera. O puede que venga radiante porque he salido a correr a mediodía, el pelo se ha ido secando con el sol, llevo la camiseta de las flores en las tetas. Entonces la bimba baila, y compartimos alegría.

A veces pienso que Atentamente no es una panadería, ni una frutería, no tiene cosas que necesites para vivir. O sí. Porque A. viene por las mañanas con los ojos borrosos, dice que las mañanas le cuestan más, pero se centra en papeles, pinturas, washis color menta, como el lazo del vestido de su pequeña. Porque A. es la última clienta del jueves, y tiene que entrar a por algo que le haga feliz, y me explica lo contenta que se pone si aún ve luz en la tiendita. O porque P. trae a su amiga que ha venido a pasar el finde: «Es que Atentamente es un templo más de la ciudad.» O porque la papelera tiene un mando que hace click y se baja la persiana. Nos marchamos felices, llevamos cosas preciosas, y el abrazo de la bimba, dobladito en la bolsa.

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