La antichina

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Evito llamarlos «chinos«. Procuro hablar de bazares, o esa tienda que está entre la farmacia y aquel bar… Aunque la gente al final acabe aclarando, «¡Ah, el chino!». También intento no frecuentarlos, porque me duele imaginar cómo se ha fabricado todo lo que allí se apila; sufro viendo tanto material de toda clase y condición, esparcido sin cariño, sin interés, a precios imposibles; me siento rara en los comercios en los que el cliente es más amable que el propio vendedor. Incluso así, voy alguna vez. Citando a Antonio Orrorozco, «pido perdón.»

Hacía mucho que F. no venía por la tiendita. Entra riéndose.

  • ¡Me he metido sin querer en la tienda de al lado! He pensado, ¿ahora vende sillas esta chiquilla?

F. es maravilloso. Hace añísimos iba a su misa sólo por escucharle predicar. Proyectaba su voz de tenor, y contaba las cosas divinas como el mejor monologuista. Desde que se jubiló, no he vuelto a ir.

  • Vengo a buscar unos sobres grandes y bonitos. Son para guardar estos dípticos.

Le muestro unos que le gustan al momento. Necesita seis. Una vez resuelta la compra, comienza a contemplar: el pupitre, con su tintero blanco y su tintero azul, las postales antiguas, la mesa de la entrada, la lámpara, la música, las flores. También repasa la cacharrería: troqueles, cizallas, bastidores, pistolas de silicona, sellos, washis, tela de encuadernar. Lee la frase dibujada en la pared y evita preguntar para qué sirve todo aquello, porque ya entiende que para lo bello. Es cuando se gira y lo dice:

  • Es que tu tienda es la antichina.

Yo me río, él se marcha, y seguramente tenga razón. Probablemente Atentamente esté en las antípodas de la China. Que no se me olvide buscarlo luego en el google maps.

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