Troles de días laborables

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Me cuenta M. que ha tenido un disgusto por Instagram. Diseñó unos carteles para la manifestación del 8M, y alguien le hizo un comentario muy grosero, escrito con el desprecio y el envalentonamiento que da la distancia —y a veces, el anonimato— de las redes sociales. Ella, después de pensar qué hacer, decide contestar: justo lo que espera el trol que, lejos de debatir, prefiere incendiar. Yo le digo que estamos mal acostumbradas porque la gente que sigue nuestros proyectos es mayoritariamente generosa, empática, buena; y también que, pasado un día, su pirómano estará incendiando otras troyas.

Me hizo pensar en dos troles que están en mi Olimpo de los cabreos 2.0.

Una aprendiz vino a un taller. Dos meses después, quiso acabar el proyecto que no le dio tiempo a finalizar. Se puso en contacto con el tallerista, quien le ofreció varias soluciones. Ninguna le satisfizo. Me contactó la ofendida. Suscribí las soluciones dadas por el tallerista. Dijo que nanai. Y pataleó en Facebook sobre lo mal que le habíamos tratado. Lo hizo en domingo.

Preparo en la tiendita la foto que publico los findes desde el sofá de mi hogar. Elijo mostrar una colección de bolis, lápices, rotus, plumas y portaminas, que descansan felices sobre un fondo de papel scrap. Descanso yo también, dejo el móvil, cojo un libro. Al rato, porque soy papelera débil, vuelvo a mirar la pantallita china. Leo un comentario lleno de reproches sobre los productos, que qué carísimos son, que qué vergüenza, quequé-quequeque. Lo hizo en domingo.

¿Qué podemos concluir de esto? Que los troles no tienen amigos y les mola el cabreo cósmico, pero sobre todo: que desconocen las palabras domingo-campo-paseíto-vermú-follar-sofá. Así que, troles del planeta 2.0: cabreaos a tope, indignaos mucho, reclamad ante el tribunal de la Haya. Pero hacedlo en días laborables, os lo pido con las manitas que rezan del wasap.

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