Loktas al sol

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  • ¡Agítala bien, Rajiv! Te tiene que quedar bien repartida. Mira, así.

Chandra sujeta el marco de madera, coge un puñado de pasta de papel, lo aplasta a golpecitos contra su tamiz. La pasta se acomoda, se diluye, decide que sí, que quiere ser papel.

  • ¿Y ahora, Chandra?
  • Ahora los ponemos al sol.

Un montón de papeles lokta, tomando el sol. En sus bastidores de madera parecen un museo al aire libre de Nepal; por su postura fácil, una práctica de yoga. «Vigila, Rajiv, que se reparta bien la pulpa, y que no se les peguen cosas.» Rajiv los voltea, los acaricia, intenta ahuyentar ramas y bichitos. A veces llega tarde.

  • ¿Con qué color toca teñir?
  • Con índigo.

En unas palanganas de agua azul, sumergen los papeles; sin precauciones, sin temores, remojan y estrujan como si hicieran la colada. Los estiran, los acomodan sobre chapas de metal, y de nuevo, al sol. Mientras descansan, comentan Chandra y Rajiv sobre sus hijos, la comida que cocinarán al salir de trabajar, lo bonito que ha tintado el índigo.

Ya están secos.

Con cuidado y con firmeza, Chandra comienza a separar el papel del metal. Rajiv le acompaña, y entre los dos, levantan una montaña del papel azul. Dividen la montaña en dos: la mitad será lokta liso; la otra mitad, estampado. Y se dirigen a estampar. La colección de sellos es inmensa: flores grandes, flores diminutas, brocados, semillas de sésamo, espigas, estrellas… Hoy tocan peces.

Es la fase favorita de Rajiv: coge el sello de madera, lo entinta a toquecitos, lo estampa sobre el mar de papel índigo. Y así una, otra, otra vez, hasta que aparece un banco de peces blancos. Y para fijar bien la estampación, los sacan un ratito más al sol. Observa Rajiv un hilito que se descuelga del papel pez:

  • ¿Se la cortamos, Chandra?
  • Mejor no. Que tome el sol también.

 

 

 

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