Niño viento

2
293

Entra en la tiendita de puntillas, con el sigilo del padre que vigila la fiebre del hijo. O al revés.

  • Buenas tardes.
  • Buenas tardes.

Por su altura, podría ser universitario. Por su cara, acaba de empezar bachillerato. Se desliza, como si fuera de viento, entre plumas, pinturas de tiza, cuadernos. Frente al expositor del escaparate, hace ese gesto de querer comprobar el gramaje del papel. Detiene los dedos en el último momento, los frota en el aire, prefiere apreciarlo con los ojos, con una suave inspiración.

  • Si necesitas algo, dime.
  • Muy amable. Muchas gracias.

Por sus maneras, podría ser un señor muy mayor. A mí, tan devota de las liturgias, me encanta su extraña formalidad. Vuelvo a las tres cajas de Artemio, llenas de novedades, que voy subiendo —mil una, mil dos— a la tiendita y a la web. Con el rabillo del ojo le observo, sigue en pausa, frente al expositor.

Saca de su bolsa un cuaderno, con portada de plástico y espiral.

  • Perdona que te interrumpa.
  • [Lo amo un poco] Dime.
  • Verás: tengo aquí mis partituras. Son del conservatorio. Me gustaría cambiar este plástico y esta… [dibuja con el dedo una hélice]
  • ¿… espiral?
  • Exacto, gracias, por algo más bello [sic]. Y había visto este papel.

Es un pliego alegre y colorido, en donde virtuosos del violín, el chelo y el tambor interpretan una pieza de Puccini. O de Rosalía. Es un papel maravilloso, a los ojos, al oído, al tacto. Le pido que lo compruebe. Lo acaricia.

  • Qué suave…
  • Sí lo es.
  • Me lo llevo. ¿Qué más necesito?

Se lleva cartón, cola, brocha. Enrollo la orquesta.

  • Espero saber hacerlo.
  • Seguro que te queda precioso.
  • Muchas gracias. Y hasta la vista.

Y no necesito preguntarle qué instrumento toca. Por el rumor suave que deja al cerrar levemente la puerta, el niño viento.

2 Comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here