El negocio de los cuernecitos

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  • Jo. ¿Pero por qué?
  • Porque has dado una murga tremenda, aburres a las ovejas con tus stories, estamos mareados con tanto Paper y tanto Creativeworld. Como vuelvas a pronunciar la palabra Frankfurt en un mes, te castigamos sin cerveza.
  • Jooo. Dejadme al menos contar lo del negocio de los cuernecitos.
  • ¿...?

Porque ni el descubrimiento de marcas pequeñas, ni el asombro ante marcas grandes, ni la alegría de estrechar las manos de proveedores que diseñan y fabrican todas las maravillas que ponen guapa a la bimba. Ni siquiera el pedido que hice en el stand de Tassotti hablando en italiano.

  • ¿Ni siquiera eso?
  • Ni eso.

Lo mejor del Papeworld ha pasado en la tiendita.

Hace un día típico de Frank de invierno. Hay una competición de meteoros ahí fuera. Es ese día en el que piensas por qué no abriste una tienda de camisetas térmicas avaladas por la NASA. Aprovecho para ponerme al día con las intendencias que quedan pendientes de los días que estuve enF… en un sitio.

Se abre la puerta de la tiendita. Son V. y su hermana. Risueñas, divertidas, muy artistas. Vienen a ver colecciones de scrap. V. lleva una caja:

  • Toma, como has estado en [piiiiiiii], esto te pega.

Abro la caja. Veo pastas. Adoro las pastas. Pequeñas, con forma de herradura, de masa suave, nevadas en azúcar. Me como una, uhmmm. Me cuenta V. que es una receta alemana, que ella las hace sobre todo en navidad, que tienen un nombre muy largo y muy raro, y que resume llamándolas cuernecitos.

  • Oye, V., ¿tú me harías pastas?
  • Pues claro.
  • Es que para mí es un rollo ir todos los sábados a por el desayuno del taller. Y esto es artesano, está riquísimo, y lo haces tú. ¿Cuánto pides?
  • Tanto.
  • Pues trato.

Todas felices. También la bimba, que se relame un bigote de azúcar, en el atelier.

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