Regalazos

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C. vive en Bélgica, hace un pedido online, escribe un correo para indicar algunos detalles sobre la fecha de envío, la dirección, la destinataria: “Qué pena no poder ver la cara de mi hermana cuando reciba este regalo.” Qué linda. Y qué regalazo. Estoy segura de que cuando lo abra su hermana, se le van a poner —spoiler— los ojitos pasteles, soñadores, de lenguado.

Suena el teléfono. No es MRW. Es E., que ha visto un calendario por la web.

  • Es que no puedo ir hasta el miércoles.
  • Yo te lo guardo.
  • ¿Y la tote también?
  • También.

Ya es miércoles y entra E. Rescato del atelier su calendario, su bolsa de lona y flores, dice que su hija tiene un gusto especial, le digo que va a triunfar. Mientras envuelvo, con la seda-la cinta-la canela-la maderita que merece su regalo, ve E. una caja de latón. Le encantan las cajas de latón. Dentro esconde tarjetones para escribir recetas. Pone ojos de lenguado. Y se marcha. Y vuelve:

  • Que me llevo la caja. He pensado que vamos a escribir las recetas mi hija y yo.

Es por la tarde. Aparece otra E. Cascabelea como los cascabeles de la puerta. Cuenta que, desde que vino al taller de encuadernación, no para de hacer libretas coptas para sus amigos. Necesita papeles, lino, más material: serán sus regalos de navidad.

Y V., que prepara oposiciones y que, en sus tres segundos de descanso, se acerca a la tiendita. Encarga el regalo de navidad para su mamá. “Con ella es súper fácil porque siempre quiere lo mismo: talleres de Atentamente.”

Cómo regala la corriente atenta, qué bien piensa sus regalazos, cómo los hace con sus manos, o los compra con el corazón. Cómo regala un bono atento, un recetario, un cuaderno: cómo regala tiempo. Y con sus regalos, la corriente atenta, me regala un poco, a mí, también.

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