Bolis para viajar

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Comienzo por el final: cuando viajas, descubres bolígrafos.

De mi vida A.P. —Antes de Papelera—, lo único que de verdad echo de menos es viajar. Ahora, con la bimba y la sorellina, hago menos mochilas, menos alforjas, menos maletas. Aun así, cada vez que empaqueto mi leve equipaje, suceden cosas maravillosas.

Porque si viajas, puedes hacer una ruta por papelerías, acudir a una y encontrarla cerrada; volver a acudir, y encontrarla abierta; y ponerte nerviosa abriendo su puerta y descubriendo una colección de bolígrafos de diseño clásico, esmaltes en todos los colores, escritura suave, y un click —click— que te guiña el ojo: has encontrado tu souvenir.

Y si viajas, regresas a la tiendita y la encuentras más guapa que nunca, aceleras las gestiones para traer los bolígrafos, en lo que llegan se lo regalas a tu madre, pero luego se lo quitas porque lo necesitas para las fotos de Instagram.

Y cuando viajas, los elegantes bolígrafos suecos fabricados desde los años 60 llegan, y los colocas en un expositor que luce precioso, y los subes como una centella a la web. Y entonces la corriente atenta también se enamora de los bolígrafos de cuando viajas, y empiezan a aturullarse porque no saben cuál les gusta más, si el lavanda, el mint o el rosa vintage.

Y recibes pedidos a través de la web que sólo quieren montones recambios, en color negro y en azul. Y se agotan los tonos pasteles a la primera semana. Y llaman desde Barcelona preocupados por si los vamos a reponer. Y una tarde, un señor muy señor entra en la tiendita, y al verlos, da un pequeño respingo:

  • ¿Tienes estos bolígrafos?
  • Los tengo.
  • Uso uno desde hace 20 años. Es el mejor bolígrafo que jamás he tenido. ¿Pero cómo lo has encontrado?

Y le cuento, acabo por el principio, que cuando viajas, descubres bolígrafos.

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