Estamos destrozando para usted

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Hay obras en los alrededores de Atentamente. La primera semana parecían las típicas mejoras urbanas que dan un poco de lata pero se toleran bien. “Estamos mejorando para usted”, se leía en una farola. Qué corteses. Pues vale.

La segunda semana, la cosa se complica: el entorno amable y tranquilo muta en apocalipsis: colocan frente a la tiendita tres barracones para los obreros. Osea, que son muchos. Y un váter. Osea, que van para rato. Y una valla metálica que rodea todo el jardín. Osea, que la bimba no puede salir a jugar.

Precisamente, por la bimba, trato de disimular: silbo cuando arrancan las excavadoras; pongo las Variaciones Goldberg para compensar el motor de generadores y camiones; limpio por la mañana y por la tarde no por el polvo que se cuela sino porque barrer es mi debilidad; si me preguntan que qué tal las obras, respondo despreocupada: “¿Qué obras?” Trato de relativizar, de ver que las obras son una caca necesaria, y que cuando menos lo esperemos, habrán terminado y nos habrán puesto, por los inconvenientes ocasionados, unos bancos preciosos para sentarnos a merendar.

Una tarde, se asoma al escaparate:

  • ¡Los abedules!
  • ¿Qué pasa, bimba?
  • ¡Los abedules! ¡Los están rompiendo!

En el jardín, un obrero abre una zanja encaramado a un vehículo abrezanjas. El surco recorre tooodo el jardín y pasa justo al lado de los abedules. Entre la arena removida, aparecen algunas raíces. Yo ya no sé si por sugestión, por dolor de cabeza o porque se ha terminado el disco de Bach, pero sus ramas me parecen vencidas, los pájaros hace días que no conversan, un camión casi atropella la planta de la puerta, todo me parece fatal.

Puede que instalen las tuberías más modernas del universo fontanero. Pero si se llevan por delante vida, nos parece que están destrozando para usted. Y a los abedules, también.

 

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