Sentimiento flójer

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Sé que tengo un trabajo que es el Gordo de Navidad. Soy muy consciente del privilegio de despertar cada mañana a la bimba, oír los berreos de la sorellina, tener una oficina que huele a flores, a lápiz, a té. Estoy malísimamente mal acostumbrada por la corriente atenta, que me cuida como papel de seda. Todo esto yo lo sé. Como también sé que de vacaciones se está mejor que en brazos, que hasta el año que viene falta un año, que me montaría en cualquier avión en este minuto; que no quiero trabajar. Aguanta el testimonio.

Quiero hacer un elogio a la flojera.

  • De esto ya has hablado, cigarra.

Quiero insistir en un elogio a la flojera, a expresar abiertamente que hay días en los que me enfado con el despertador, con la ducha, con mis pelos, porque no-quiero-ir-a-trabajar. El calor no ayuda. Tampoco llevar la silla de la playa aún en el coche. Emprender es bonito, y emprender viajes al mar… está bastante fenomenal.

Aquí es cuando recuerdo que este sentimiento flójer me viene de lejos. A cada comienzo de curso, qué careto me vería mi madre que me sentenciaba: “Nena, que retumbe la Plaza Mayor cuando vayas a la Facultad.”

Es una calurosa tarde de septiembre. Aparece M., hace unos días vino, pero como no tenía ganas de trabajar, pues no le dejé comprar. Lo vuelve a intentar. Mira sellos acrílicos, le pregunto:

  • ¿Y qué tal la vuelta a escuela?
  • Uf. Fatal. Un cansancio… Pero una cosa te digo: este año me voy a cuidar más.
  • Mira qué bien.
  • Porque no hago más que hacer cosas para los demás. ¿Y yo qué?
  • ¡Eso!
  • Pues este año, yo la primera. Y este libro de colorear, me lo llevo también.

Arriba el sentimiento flójer. Y arriba los viajes, las papelerías, el taconeo por las plazas… lo que sea que lo combate.

 

 

 

 

 

 

 

 

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