Campamento cojonero

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Dicen que es por la lluvia. Que por eso hay más. Más moscas. Los téoricos lo afirman y yo lo confirmo. Y a mí —que viví en una casa de campo y fumigaba con Raid todo el jardín— las moscas me danmuchoporsaco incomodan. Ya no digamos en la tiendita: sacan a la exterminadora que hay dentro de mí.

Pero a ellas les da igual. Y como todos los veranos, aterriza en Atentamente un Airbus de moscas sanas y fuertes criadas a base de lluvia. Vienen al campamento cojonero, y traen un amplio programa de actividades:

  • Carreras frenéticas alrededor de la lámpara.
  • Pegarse infinitos choquetones contra el escaparate.
  • Concurso de picotazos a las clientas.
  • Asustarme —hay algunas gordísimas. Me hacen correr hasta el taller en busca del flus—.
  • Hacer el brikindans por la tarima después de echar el flus.
  • Aparecer cadáver sobre las mesas, entre las postales, ¡encima de las agendas!
  • En suma: dar bien el coñazo.

A mí me quitan las ganas de vivir: compro insecticida al por mayor, fumigo erre que erre, espero con total desafección a que mueran, barro, y vuelvo a mis tareas propias de papelera. A la media hora ya han vuelto, más gordas, más molestas, con más ganas de empezar con su programa de ocio insectivo.

Y entonces recuerdo cuando iba de campamentos de verano: la guerra que dábamos a los monitores, el mariposeo con los chicos gallegos, la risa que nos hacía lo serio, la vida que cabía en la mochila, dormir al raso, pedir deseos a las estrellas fugaces, direcciones a los gallegos. Así que me hago, un poco, empática con las moscas, abro la puerta de la tiendita, entran como balines, inspiro, expiro, dejo que enreden, que hagan carreras, que se diviertan.

Al fin y al cabo, es verano. Hagamos el mosca un rato.

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