Elogio a la flojera

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Dos jardineros analizan cómo un tercero corta el césped; al magnolio solo le ha salido una flor; las hojas de los abedules se desprenden leves, dudosas; los pájaros hablan de cosas de pájaros, pí, pí, sin demasiado interés. Todo un poco perezoso. Es verano.

Imagino a la corriente atenta a remojo en piscinas, o pantanos, las bañeras, haciendo lo del Titanic frente al ventilador. Entiendo su flojera, a mí también me da: salir a la calle, pasar calor, llegar sudada, total para una troqueladora de esquinas, ya si eso la miro en la web.

Sale la bimba al jardín: descalza, con sus pasitos de baile, camina de puntillas, lleva un plato con sandía, busca una sombra para merendar. Viste sólo con tutú, la camiseta le da calor.

Encaro el ordenador, la agenda, las tareas pendientes:

  • Abonar la factura de X.
  • Ingresar la nómina de R.
  • Valorar si comprar las novedades de Y.
  • Avisar a clientes para que pasen a recoger sus Z.
  • Contestar ene tendiendo a infinito correos.

Miro a la bimba en el abedul, la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, haciendo círculos con el tobillo, el tenedor con sandía girando al mismo son.

Y pienso que se acabó. Cierro la agenda, dejo el ordenador, salgo al jardín. Cojo un libro maravilloso, regalo de amiga maravillosa. Cada capítulo está dedicado a mujeres fuertes, valientes, guerreras, curiosas. Y decido leer cada tarde un rato, como parte de mi trabajo, como parte de mi verano, como corte de mangas al emprendimiento, como autocuidado. Decido hacer un elogio a la flojera, abrir paso a la pereza, a no tener ganas de trabajar incluso cuando lo hagas en el lugar más bonito del planeta papel. Y que no pase nada. Y que esté bien.

  • ¿Quieres sandía?
  • Vale. ¿Leemos la vida de Agatha Christie?
  • Chachi.

 

 

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