Wendy planet

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Hace tres meses viene una señora a la tiendita. “¡Todo me gusta, todo me gusta!“, asegura. Explica que dentro de tres meses será la boda de su sobrina, que le está haciendo un cuadro, que lo quiere envolver en papel precioso.

  • ¿Tienes de olivos?
  • Tengo.
  • Es que la boda, ¡todo me gusta!, es en una finca con olivos. Lo está preparando una wendy planet (sic). Pues guárdame cuatro pliegos, que en cuanto tenga el cuadro, te lo traigo y me lo envuelves.
  • (Pongo cara de ole tus cojones  qué ganas de hacerme mayor para volverme vehemente).

Pasa un mes, dos, tres. A punto estoy de varear el papel. Por fin un día, se abre la puerta, y aparece un cuadro. Con patas.

  • ¡Hola, hola, todo me gusta!, avanza a trompicones la señora hacia el atelier.

Rescato el papel de olivos, saco cinta de doble cara, regla, plegadera, medito cómo envolvería Picasso el Guernica cuando lo envió a la exposición universal. Mientras, la señora coopera:

  • Mira, te he traído esta cinta para que también le hagas un lazo. ¿Tarjetas de matrimonio dónde tienes? ¿Un boli bonito me dejarías? ¿Y buena letra? Porque podías escribir tú la postal.

Un segundo antes de que me estalle la cabeza, le sugiero que, como estará muy ocupada con los preparativos de la boda, mejor que se marche tranquila, y así no espera mientras. Accede.

Hago tres respiraciones profundas. Pongo la música que pongo para dormir a la bimba. Decido que voy a hacer el envoltorio más bonito del wendy planet. Y el paquetazo queda fenomenal.

A su regreso, todo son vivas, exclamaciones. Le entrego el cuadro como una bandeja de pasteles. Lo abraza como un oso. Me anuncia que tiene una sobrina más, que me va a dar mucha publicidad. Y le digo que gracias mientras me sujeto la cabeza, para que no me haga patapán.

 

 

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