La mirada atenta

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Tuve un novio —aunque él nunca no lo supo— fotógrafo. En mi periodo de mucho chiflamiento, hice en casa un altarcito con las fotos que publicaba en su periódico. Los viernes a mediodía no hacía planes para ver la rueda de prensa del consejo de Ministros: allí estaba él, de rodillas, en el pasillo, seguramente pensando en mí. Como lo nuestro no prosperó, no aprendí a hacer fotos. O así me justifico yo cada vez que me pongo a preparar la foto para instagram.

Podría usar las fotos que facilitan los proveedores: son maravillosas, con la luz, el encuadre, la composición perfecta. Pero a mí me gusta que las agendas, los washis, o estos nuevos papeles de scrap recién llegados se vean en su contexto, se reconozca que están en la tiendita. Sé que pierdo en calidad, y sé que gano en calidez.

Cada día dedico un buen rato a pensar qué mostrar: si los rotus, tan fotogénicos, o las troqueladoras, pobres, qué poco favorecidas salen en sus embalajes. A componer: ¿hago una foto cenital con el fondo de madera?, ¿o mejor enfocar las peonías y que se intuyan los Tassotti al fondo?, ¿y qué tal colocar unas ilustraciones, como si descansaran, sobre la silla thonet? A probar: click, se ve torcido; click, uy qué reflejos; click, “hola, dime si puedo ayudarte!”; click, madre mía, qué zurullo. Y a contar: a contar las maravillas que llegan, los tesoros que permanecen, las emociones que desencadenan.

Me preocupa muy poco lo del logaritmo,

  • Es algoritmo.

Me ocupa más que las fotos sean imperfectas y bonitas, sean auténticas, desprendan el aroma de lo atento, cuenten historias. Me he apuntado a un curso online de fotografía para instagram. En el chat de presentación he dicho: “Casi tuve un novio fotógrafo. Un móvil chino. Y una mirada atenta.”

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