La alegría seguía allí

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Al día siguiente, la alegría seguía allí. La notó en el perfume de las rosas amarillas que le envió caracol; en el ramo de peonías que trajo E. —»Ya te dije el martes que a lo mejor nos volvíamos a ver. ¡Ojalá se abran!»—; le vino de golpe en la elegancia de la planta de C. y C., que no sabe cómo se llama, esa con flores que parecen hojas, apaisadas, rojas, de las que sale ¿un pene? ¿un espárrago?

Ahí seguía la alegría, en el escritorio: la postal de cumpleaños de C., que llegó montada en globo desde Edimburgo. La pluma en acuarela, el osito panda, la tarjeta escrapeada de M., hecha con un troquel igualito-igualito a bimba y papelera. El gurruño de klínex junto a la tarjeta de L., con hadas, y magia, y palabras recién horneadas.

Y más y más alegría en la mesa del atelier: había albaricoques, plátanos, melocotón: aparecieron por arte de yoga. Había miguitas de cruasán de chocolate —»A mí me gusta muchismo», me abrazaba P. mientras lo pellizcábamos—. Había restos de tiramisú de limón que trajo la empleada del año, la etiqueta arrancada de un niki color mostaza, la bolsa de Zara donde porteaba 4 álbumes de comunión y uno de boda que se había currado la madrugada pasada; otro klínex de cuando dijo que la papelera escucha y habla despacio, bajito.

Será porque cuando cumplió 1 ya le montaron un fiestón de canapés y mediasnoches, la papelera cumple 44 y sigue disfrutando mucho su cumpleaños. Ella contaba con el cariño de familia, amigos, amor. Y esperaba afecto de la corriente atenta. Pero no ha sido afecto: ha sido lluvia alegre de primavera. Y al día siguiente, al abrir la tiendita:

  • Bimba, despierta, buenos días.
  • ¿A qué huele?
  • A rosas y peonías.
  • ¿Qué hay de desayunar?
  • Plátano y cruasán.
  • ¿Y qué es lo de las paredes?
  • ¿?
  • ¡Ah! Gotitas de alegría.

 

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