Deseo que llegue ya

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  • ¿Ha llegado?
  • Todavía no.
  • Tía, es que no aguanto más. ¿Cuándo crees que llegará?

Es la pregunta de cada mañana. Empleada del año y papelera haciendo guardia para que cuando llegue se encuentre la tiendita abierta. Porque la presión es muy grande, todos quieren saber si vendrá, si después de tanto tiempo esperando, por fin, aparecerá.

Al comienzo de cada clase de yoga, pedimos un deseo personal y uno global. Los lanzamos al infinito, nos desapegamos, y confiamos en que se cumpla. Salgo al jardín a lanzar mi deseo —»Quellegueya, quellegueya»—, inspiro tres veces lento y profundo, observo los abedules, los magnolios, presto atención a los pájaros, a ver si ellos intuyen algo más. Niegan con el pico, sacuden las ramas, ni una hojita verde de esperanza. Yo confío, y vuelvo a la tiendita disimulando la cara de dientes del wasap. Pero la bimba pregunta, la sorellina berrea, la empleada del año se come las uñas, la corriente atenta desespera:

  • A mí ya me llega.
  • Es que está siendo demasiado largo.
  • Otras veces ha tardado menos.
  • ¿Cuándo piensas que llegará?

Jolín, si lo supiera… Relajo la mandíbula, exhalo sin dramas, me desapego. Y la verdad es que está al caer, que es cosa de días, y que cuando entre por la puerta, se nos quitarán las penas, las dudas, el frío, la incertidumbre, se llevará la tristeza y el aburrimiento, la carita de pena, las ganas bobas de llorar. Es cuestión de días, y cuando venga, notaremos rápido el hormigueo, las cosquillas, la levedad, las ganas de jugar. Lo he imaginado tantas veces, me sé de memoria cómo será: llegaré una mañana, iré hasta el atelier, veré la cara radiante de la empleada del año, y en el suelo, allí estarán… ¡Las tres cajas del pedido de Artemio!

 

 

 

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