Los días, las hortensias

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Hay días que no quiero trabajar.

Hay que tener santo rostro, osea: ¿tienes el trabajo de tus sueños, tu papelería hace feliz a personas, animales y cosas, la corriente atenta te mima, los talleres están petados, la tienda online coge ritmo, ¡das empleo!, lo atento se poliniza hasta Cuenca y más allá. ¿Y vas y dices que hay días que no quieres trabajar?

Pues sí. Hay días que me pueden los pedidos, los sabañones, los seguros sociales, el hombro derecho, recibir la factura de Google Ads y vender un sobre de 0,50, las nóminas, la frasecita: “Vine pero estabas cerrada”. Hay días en los que paso de barrer. El impuesto municipal de basuras, la subida del alquiler, el iva intracomunitario, los costes del envío internacional, la frasecita: “Pero qué caro, ¿no tienes una postal más barata?” Hay días en los que salgo a la puerta por si ha habido un ataque nuclear, se ha muerto la humanidad y no me he enterado. Y por fin entra alguien. Con la frasecita: “Es que estás muy lejos.” Hay días en los que no tengo ganas ni de escribir servilletas.

Suena el teléfono:

  • ¡Hola! [acento gallego]
  • Hola.
  • Miiira, soy B., te hice ayer un pedido por teléfono porque…
  • Porque estaba caída la tienda online, sí, jopés. Cuéntame.
  • Pues que he recibido el pedido.
  • ¡Qué bien!
  • Pero falta el papel de hortensias.
  • ¿En serio?
  • Si quieres te hago una foto pero…
  • No, no, no es necesario. Disculpa, es que llevo unos días que no quiero trabajar con bastante lío.
  • Ay, pobriña.
  • Y encima, las hortensias, tan gallegas.
  • Ay, sí. Es que tengo una en el jardín. Todos los inviernos se queda seca seca, pelada, que yo digo “Ya murió.” Pues de nuevo está brotando.
  • Qué maravilla, B. Mañana mismo tienes tu hortensia de papel.
  • ¡Graciñas!

Me quedo tranquila. También las hortensias tienen días, también escuchan la frasecita, también se secan. Para florecer.

 

 

 

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