Feliz como una aprendiz

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  • ¿Estos pendientes de papel, los haces tú?
  • No, yo no.
  • ¿Y los talleres, eres tú quien enseña?
  • No no no, qué va.
  • Entonces la tienda: ¿eres decoradora, has estudiado Bellas Artes?

A veces me lo planteo: ¿tendría que haber sido experta en scrap, lettering, origami, encuadernación, para tener la tiendita de papel? Probablemente me hubiera ayudado. Pero, lo confieso,

  • ZZzzZZzz.
  • Ya.

nunca fui muy habilidosa: en el cole teníamos dibujo técnico y, para mí, aquello era completa y absolutamente. Imposible. ¿Figuras geométricas dibujadas a pluma, en papel vegetal? Lo mío eran cubos con churretes, salvo cuando me los hacía mi hermano, que siempre ha dibujado maravillosamente. Tampoco estudié Empresariales, como él. Un momento: ¿a ver si era S. el que tenía que haber abierto Atentamente?

Es verdad que, de tanto escuchar a los talleristas, he aprendido montones: que el lettering se compone de siete trazos que hay que practicar, practicar, practicar, hasta conseguir dibujar, que no escribir, tu propia letra bonita. Que encuadernar es un oficio antiguo, pulcro, con mil variantes, que trabaja lenta y respetuosamente con hilo, tela, cola, papel. Y que el scrapbooking, además de desparramar una montaña de sellos, tintas, cintas de doble cara, cachitos de papel, glossy, cúter, y enamel accents (para mí, lo de la gotica), busca, fundamentalmente, atesorar tus recuerdos.

Bueno. No era tan torpe. Se me daba muy bien bordar y hacía un punto de cruz precioso por delante y limpito por detrás. Por eso, mirando cómo disfrutaban el otro día las aprendices de bordado, decido que este año quiero ser aprendiz yo también: una vez al mes, me voy a apuntar para hacer un miniálbum, un cosido japonés, una rosa de papel. Para vivir la experiencia del atelier, para reírme si aparece el fantasma del cubo-churrete, para marcharme de la tiendita feliz como una papelera, y como una aprendiz.

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