Un mensajero lleno de gracia

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Si de mí dependiera, llevaría los pedidos atentos como si fueran bandejas de pasteles, de puntillas, a pasos pequeños, y al entregarlos, les diría adiós con la manita. Retomaré esta idea genial dentro de unos años. Mientras, contrato una empresa de mensajería apostando por la empresa de L., nuestro repartidor de confianza, que hace su trabajo con salero gaditano. ¿Pero acaso L. es de Cádiz? Ojalá.

Entra un pedido de Jerez de la Fra. (así, como lo escribía mi querido jerezano, en sus cartas larguísimas llenas de gracia). Una agenda Rifle Paper. Ay, qué bien: es una joyita de papel, es la última, y llega en fin de semana, que es algo que me hace especial ilusión porque, mientras la bimba duerme, la sorellina sigue dando guerra.

Prepara la empleada del año el pedido con esmero: seda, cinta, tarjeta, té. Pasa un día, y la agenda no llega. Pasan dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Así hasta 11. Nos vamos enterando por capítulos —para generar intriga, como si esto fuera Netflix— de que no se puede entregar porque el código postal está equivocado, y la agenda lleva once días haciendo amigos por El Puerto de Santa María.

  • Por favor, metedla en el reparto de Jerez de mañana, que lleváis 11 días de demora y tenemos contratado un servicio de entrega 24 horas.
  • No va a poder ser.
  • ¿Cómor?
  • No porque nos tenéis que volver a enviar una etiqueta con la dirección correcta.
  • Está correcta.
  • Con el código postal correcto.
  • Vale, ¿y luego?
  • Luego lo volvemos a enviar a Madrid y de Madrid a Jerez.
  • [Rompo el capuchón del boli con la marcianada] Por favor, ¿me confirmas que mañana tiene mi clienta su paquete?
  • En principio sí.
  • Adiós.

Y me pongo de rodillas y le pido al santo de las empresas de mensajería que me envíe un mensajero lleno de gracia como L. Pero para Jerez de la Fra.

 

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