La vitrina de las chucherías

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¿Cuánto dura la vida de una empresa creativa? ¿Cómo te avisa de que está viejita, de que ha llegado a su fin?

Me pongo solemne porque, casi simultáneamente a que una clienta se lleve cinco Chucherías de Arte, esos diminutos y exquisitos libros ilustrados, con su chapita de papel en la portada, recibo un correo electrónico anunciando su cierre. Abro mucho los ojos. Me entra primero cague, y luego, melancolía. Y escribo para que se me pasen ambas cosas.

Conocí Chucherías de Arte escuchando Radio 3, mientras montaba la vitrina verde, durante las semanas previas al nacimiento de la bimba. Me pongo en contacto «con ellos», y descubro que ellos es él: un emprendedor que se reinventa creando un proyecto loco y maravilloso que le sienta como un guante. Cada vez que venía por la city, pasaba a saludar: «Qué bien cuidah de loh librinoh», me decía con el acento extremeño que yo nunca tuve. Una navidad, plantamos en mitad de la tienda La salita ambulante, un microespacio expositivo que él mismo diseñó. Yo flipaba con Ceferino, no sólo editaba pequeñas joyas ilustradas sino que también ideaba la mejor manera de exponerlas.

Me quedo mirando la vitrina verde de los librinos, —Con Flores a María, Pajarracos, Qué ven las cigüeñas…— y empiezo a tomar conciencia de que los emprendimientos, como los músicos, como el amor, tienen fases, y tomar conciencia de que se acaban comprender que son procesos vivos, dinámicos, que fluyen, y en ocasiones, se terminan.

  • No te pongas dramática, papelera, que Atentamente acaba de salir en el libro de empresa creativa más molón del planeta emprendedor.
  • Sí. Eso está guay.

Y también sé que, como los músicos nos dejan su música, y el amor una bonita cicatriz, Ceferino nos dejará sus chucherías. Atesoradas como pequeñas obras de arte, en su vitrina.

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