Hay que decirlo

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Yo lo quiero, pero no va a poder ser. No, porque justo cuando empiezo llega C., con un bizcocho de canela y calabaza, redondo y rico como la barriguita que le está creciendo. «Le falta un trozo. Es que se lo ha comido este ratoncito.» Y señala a pequeño m., mientras se limpia las miguitas del jersey.

Lo intento again. Y entonces entra I. Con su precioso pelo corto que yo intenté pero no conseguí porque el pelo corto, hay que decirlo, es un coñazo. Ya está dicho. Llega I. y me ofrece «nada, un detallito.» Una mini flor de pascua, pequeña y bonita, que es el canon de belleza que más aprecio.

Venga, que quiero de veras. Y aparece v., con su bici y sus rizos, que quiere un rotu naranja, gomitas de borrar, pistola de silicona, postales de navidad. Y le explico que ya no quedan, que los atentos felicitan a mogollón, a papel, y a mano. Y a mano trae C. su tarjeta de navidad, también galletas, y todo el abrazo que da de sí su panza embarazada.

No pasa nada si no, pero es que querría que sí. A lo mejor ahora, que parece que… Y es el repartidor de flores, con un ramo de muérdago. Le indico: «Tú que eres alto y fuerte, súbete a esta silla y lo cuelgas en la lámpara.» Y al bajarse, ya que estamos, lo estrenamos.

Pero es que es tan-tan-tan! generosa la corriente atenta, que quiero decirlo: quiero agradecerles el tiempo compartido, los talleres disfrutados, las compras hechas y las no hechas, la alegría. Y también, las confidencias, las penas, las dudas. Quiero decirles que, cuando esté en tierra santa con los míos, brindaré mucho por ellos. Que junto a las albóndigas que ya me esperan, son el mejor regalo de navidad. Ya lo he dicho.

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