Black porras

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En clases de Periodismo estudié la Teoría de la Espiral del Silencio: una movida sociológica que cuenta que, para estar integrado socialmente, es mejor sumarse a las corrientes de opinión dominantes, porque las minoritarias te silencian, te aíslan, y eso es una porra.

Pues yo, a riesgo de aislarme, decido mandar el Black Friday a la porra.

Me siento acosada por las campañas de las grandes marcas, que me persiguen por email, wasap, con cuñas de radio y faldones de prensa, en escaparates, al abrir el buzón, al encender la televisión. Me gusta comprar, me gusta regalar; de vez en cuando, me doy caprichos. Pero cuando yo quiero, no cuando me lo imponen, que si no lo hago, soy una pringada.

Me siento estafada porque los grandes pueden tirar los precios, y aun así, hacer tremendo negocio. Y en desventaja: yo no puedo bajarlos tanto porque, en muchos casos, mis precios de coste son los de venta de los grandes. Y con todo, me gusta tener cortesías con la corriente atenta, pero cuando nacen del corazón, no por obligación.

Me siento apenada porque algunas marcas pequeñas que aprecio visten sus mensajes con un velo más amable, pero acaban por sumarse a la corriente mayoritaria del consumo frío, áspero, frenético.

Así que a la porra que le den por saco al black friday (castigao, en minúscula y sin negrita). Se me ocurre donar el 20% de las ventas de hoy a fines sociales, lo explico en las redes y revolución: un montón de me gustas, de comentarios a favor, ¡hasta me llama la tele!, para que les cuente un poco más.

Y entonces, me siento reforzada al comprobar que la mejor campaña es mostrarnos como somos: un comercio cercano, generoso, que emociona porque se comporta normal. Un comercio de lunes a viernes. Y que manda a la porra lo negro.

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