Historias de mediodía

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Es viernes. Es mediodía. Apago las luces, abro el putowordpress. Repaso mentalmente la lista de temas aptos para servilletas:

  • La cisterna del baño, que ruge como si de allí fuera a salir la mierda lo gordo el compost acumulado durante 3 años.
  • El picaporte de la puerta, que hace unas semanas se lo quedó en la mano una clienta. La pobre se azoró y entró a por otro cuaderno, como para contribuir con el arreglo.
  • El reloj programador del rótulo de la entrada, que desde el cambio horario no he sabido adelantarlo, o atrasarlo, que me lío siempre con esta nomenclatura.
  • Esa mierda lo gordo El compost que pisé hace unos sábados mientras hacía una foto muy artística desde el jardín. Como instagram no huele, tuvo muchos likes.

No me convence ninguna de estas bobadas. Me levanto y salgo, con mucho cuidadito, al jardín. Aunque es un rollo que no haya otoño, agradezco mucho este sol de mediodía, parece que estuviera en la terraza de mi tierra santa. A mi lado, con los ojitos cerrados, también disfruta una señora muy mayor. Su hija empuja la silla: «Qué día tan bueno, ¿verdad, mamá?» Y le da unos besos sonoros y larguísimos por la espalda. Un grupo de bambinos juega al fútbol. La niña hace regates, los niños flipan con el jogo bonito. Pasea una mamá con su niño en el carrito. Lleva supercontento una hoja de castaño en la mano. Un par de chicos corren, van hablando de que se han apuntado a la SanSil. Sobre mi cabeza charlan los pájaros, desde el arce hasta el abedul. Un guiri se acerca con un mapa en la mano:

  • Could you tell me where is
  • The Plaza Mayor?
  • No, the Carrefour Express!

Vuelvo a la tiendita. Me siento en el ordenador. Atentamente es de papel, está llenita de historias, pero algunas hay que salir a buscarlas fuera, tomando el sol de mediodía.

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