Alicia de la Mancha

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  • ¡Hola, mami! Ahora te llamo, que estoy en Atentamente.

Viene P. a la tiendita, y me la imagino haciendo un casting para personajes de cuento: dulce, divertida, inteligente, guerrera, de cabello rubio revuelto en un moño, con acento manchego. Estudia Filología, vive en una residencia, conoció la papelería antes que la catedral. Dice que está un poco agobiada porque lleva todo el día en la biblio, que necesita despejarse con cosas bonitas.

Revolotea P. por toda la tiendita. Con su presupuesto de estudiante, va sumando mentalmente dos papeles de scrap, un washi, una gomita —»¿Tienes de koalas? Ayquébonicaaa»—. Se detiene frente a las ilustraciones. Allí está la espectacular Alicia en el País de las Maravillas, una lámina que me empeñé en traer pese a tener un tamaño enorme para estos pisos y un precio complicado para estos bolsillos: era perfecta.

Con su filtro azul mira P. a Alicia, que se lanzó con decisión a un mundo de conejos apresurados, celebraciones de no cumpleaños, reinas cortacabezas, botellas de bébeme. Seguramente encontraría también maravilloso papel.

Como si saliera de la madriguera, regresa P. para pagar:

  • Es que cada vez que vengo, es como si Alicia me mirara.
  • Es preciosa.
  • Y, no sé por qué, pero la asocio a mi llegada a la ciudad, a la universidad, al descubrimiento de tu tienda.
  • (Aquí ya no sé qué decir)
  • Y mi madre me tiene dicho que si necesito algo mucho mucho, que lo compre. ¡Me la llevo!

Y me recuerda cuando vine yo también a estudiar. Pasaba tanto frío que un día bajé a la cabina —sí, hace mogollones—, lo cogió mi padre, y le pregunté si me podía comprar una funda nórdica de plumón.

  • ¿Y eso eso para qué, nena?
  • Para no pasar frío.

Se marcha Alicia de la Mancha marcando el móvil, abrigada en belleza y en papel: «Me la he comprao, mami. Es monisma.»

 

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