Ojitos

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Lleva unas semanas seria, y cuando está seria, no sonríe, y si no sonríe, no entorna los ojitos. Y si la bimba no entorna los ojitos, es que algo gordo pasa.

Y pasa que hace dos semanas llegó la tienda online, y con ella, montones de cambios. Antes éramos bimba y papelera, y ahora, bimba, papelera, sorellina y empleada del año. Son cambios que queríamos, que nos traen vida y alegría, y que permiten que lo atento se polinice around the world. Vamos de emoción en emoción cada vez que la sorellina se despierta —ding ding— porque alguien pregunta a través del chat; cuando  —ding ding— se da de alta un cliente; o  —ding ding ding— ¡entra un pedido! No podemos estar más que contentas. Pero la bimba no entorna los ojitos, y si no entorna los ojitos…

Llegan las acuarelas pedidas desde verano. En tres años he aprendido a hacer pedidos guiada por la intuición, los buenos consejos de gente con criterio, y sobre todo, lo que me gustaría encontrar en la papelería de mis sueños. Pido 18 cajas de acuarelas. Llegan 2. ¡Dos! ¡Qué hago con dos? La empleada del año busca datos técnicos, —»tía, me chifla esta paleta de colores»—, las sube a la web, lo contamos en las redes, y casi de inmediato, —ding ding—, vendemos una.

La bimba nos mira dando saltos delante del portátil. Prepara la empleada el pedido, lo envuelve en seda, lo abraza con cinta de tela, coloca el , el washi, la postal. Avisamos al mensajero, la papelera le tira besos, el mensajero se asusta, la empleada ya se va.

Y nos quedamos solas. Y pienso que a la mierda el stock.

  • Bimba, ¿abrimos las acuarelas que quedan?

Sonríe.

  • ¿Y dibujamos un rato juntas?

Entorna los ojitos.

  • Te quiero muchísimo.

Y se le ponen los ojos un poco acuosos. Como de acuarela.

 

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