Atenta de fábrica

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Me cuenta una clienta que ha pasado unos días en una ciudad muy grande y cosmopolita, con tiendas muy grandes y cosmopolitas, y que en una de ellas se acordó de esta humilde papelera.

  • Pero qué pedante eres. Cuéntalo sin haberte tragado a Góngora.

Dice M. que encontró por casualidad una papelería con taller, un Atentamente enooorme, de dos plantas, y montones de cosas bonitas. Y dice que le atendieron de muy bruscas maneras, y aunque compró un sello, no lo piensa usar, que le da mal rollo:

  • Me acordé de ti, que siempre sonríes.
  • Tendría mal día la chiqueta.
  • Qué va. Venía así de fábrica. Anda, ponme este sello.
  • Llévatelo mejor el sábado, que como vienes al taller, tienes descuento.
  • ¿Ves? Es que así, sí.

Siento compasión por mi homóloga papelera: a veces se hace muy cuesta arriba atender con levedad sin sentir el peso de las facturas; responder suavemente aunque te duela la cabeza, la espalda, el corazón; saludar con alegría al cliente que entra justo cuando acabas de apagar el ordenador. Sí, la atención al público es exigente. Pero haber elegido monasterio, de clausura.

Yo creo que juego con ventaja: soy atenta de fábrica, es mi superpoder. Sonrío de forma natural, me brota solo el entusiasmo, escucho con atención las historias de la corriente atenta, me gusta preparar el té para el taller. Como decía un compañero de mi vida anterior: «Tía, es que tienes un feedback cojonudo.» Claro que tengo días cansados, aburridos, tristes, muy tristes, pero no se me ocurre espetárselo a los atentos, ellos vienen a mi casa a disfrutar del papel. Además, siempre me lo ponen fácil —vale, ahí estuvo regalobajona. Que, por supuesto, volvió a por dos bolsas más, por si se rompía la del envoltorio.—

Se marcha M., tan sonriente. Y pienso que, al final, la atención al público es mutua, fluye de papelera a corriente atenta, y vuelta.

 

 

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