Cómo escribir servilletas tristes

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Me pregunta la abuela atenta por las servilletas, por cómo las escribo y cómo me da tiempo, en esta vida loca-loca-loca —Cfr. Pancho Céspedes— que arrastro.

Le cuento que las escribo con esfuerzo, y desde las emociones: muchas veces fascinada por la corriente atenta; a veces, chinada por mis desastres cotidianos; hay días que serena; hay otros, atolondrada; casi siempre tecleo y sonrío. Hoy estoy triste. Da igual si se me nota.

Le cuento que siempre las escribo los viernes, y siempre en Atentamente: repaso las cosas extraordinarias que he presenciado durante la semana en la tiendita, abro el putowordpress procesador de textos, levanto la vista, miro a la bimba, «¿Para qué sirve esto? Sirve para lo bello«, empiezo a escribir. Al tiempo, entran los atentos, les dejo que turuteen o turuteo yo con ellos si lo precisan. Se marchan. Vuelvo a teclear. Pincho en gmail a ver si alguien se ha apuntado al taller: nada, qué penita, va a haber que suspenderlo. Llega la cartera, trae una postal atenta maravillosa, la leo, me emociono un poco, se abre la puerta, me recompongo. Es P., otra atenta: «¿Qué tal estás?» «¡Muy bien!», miento. Se lleva un par de cuadernos que prometen primavera. Entro al atelier a sonarme el moquillo, de nuevo la puerta, traen flores: jacintos y flor de cera envueltos en palabras y besos. Y ahora sí que se me caen unos lagrimones estupendos. Es mediodía. Guardo la escalera con la flor de mirto, apago las luces, escribo un rato más. Aprecio evidencias para la alegría, pero hoy estoy triste: será el taller que finalmente no ha salido, la cuesta de enero, esta ola de frío. Será que querría estar despidiendo al tío Mariano que nos ha dejado, y no he podido hacerlo porque soy papelera, y los viernes escribo servilletas. Da igual si son tristes.

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