En ocasiones veo M.

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  • Es un espectáculo atroz que no desearía ni al vigilante más chungo de la zona azul. Es terrible, es de mucho espantar: es el asunto de las moscas. De ahora en adelante diré secretamente M. para que no noten que escribo sobre ellas, porque además de legión, son muy hijasdeputa irritables. Entra una M. como por descuido, me pasa por la oreja  —ffss, ffss— y se marcha. Pero no es un vuelo fortuito: es un una estudiada ronda de reconocimiento. Al rato, aparecen 200 M.  —fffffsssss—, y empiezan a dar vueltas-vueltas-vueltas a la lámpara de globos. Se muerden, se enganchan por el pico que tengan las moscas, se desprecian. ¿Pero y estas macarras, en el templo del buenrrollo, de qué van?  Voy al atelier en busca del Bloom, y fumigo a tope. Entra una señora y alaba el ambientador. Se me pone la carita de los dientes del wasap pensando si será una M. mutante, me muerde el cuello, y fin de la historia atenta. Por la tarde, espectáculo dantesco, veo M. everywhere: bajo la lámpara de globos, en el escritorio, ¡sobre los papeles de scrap! Barro con energía el cementerio, chorreo otra vez con Bloom… y ffss, cchhqqtt, ffss, cchhqqtt, unas cuantas M. se dan choquetones contra el cristal del escaparate, y al rato, cadáver. Y yo intento respirar largo, lento y profundo, pienso que no es un bicho sino la hermana M., y seguro que en el Protocolo de Kioto les dedicaron un epígrafe de lo buenísimas que son. Lo que sea: no quiero moscas en la tiendita. Me vuelven (más) chorlita, y en lugar de hacer cosas de papelera, me paso el día cazándolas, y…
  • Y si escribes cosas de moscas…
  • ¡¡¡Se dice M.!!!
  • … es que necesitas urgentemente descansar. Tómate unas vacaciones de servilleta.
  • No puedo.
  • Sí puedes.
  • Puedo escribir alguna suelta en verano.
  • Tú, gandulea, y ya vas viendo.
  • Vale, voz de la conciencia de las papeleras.

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