Talleres evidentes

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  • ¿Y das tú los talleres?


No, no los doy. No soy experta en encuadernación, ni en carvado de sellos, lettering, o pintura cerámica. Soy experta en buscar talleristas talentosos que sepan mucho de lo suyo, y sepan enseñarlo muy bien. Y por eso los talleres atentos son lo que son.

  • ¿Y qué son?
  • Son la bomba, el recopetín, lomásdelomás.
  • Ya está la excesiva. ¡Danos evidencias!

Evidencia 1: 214 aprendices han pasado este curso por el atelier¡214! Más todos los que no han venido porque ya no quedaban plazas, o tenían justo ese día una boda —la suya—, o una oposición. 214 que regresan a sus casas muy felices, muy sorprendidos, muy orgullosos por lo que han sabido hacer solitos, y que dejan el atelier imantado de cosas buenas que se acumulan para el siguiente.

Evidencia 2: los talleristas son maestros, y ese es un lujo que aprecia la corriente atenta. No todos los días te explica un poeta valiente que los haikus son fotografías con palabras; ni deja sus exposiciones y sus clases en la universidad un gigante grabador porque va a enseñarte a manejar la gubia de carvar; ni te animan a plegar pétalo a pétalo las flores para una diadema; ni se desplazan desde lejos para explicarte, en inglés y con intérprete, cómo escribir bonito. Se silenciaba este otoño el atelier cada vez que Wayne bailaba el pincel…

Evidencia 3: en esta vida loca, loca, loca, una tarde en el taller es un premio gordo. Dedicarse tiempo para experimentar, para curiosear; darse la oportunidad de hacer algo único, con tus manos delicadas o con tus manazas; permitirse mancharse, volver a pegar, a recortar… Parece que estás haciendo un taller, y lo que haces es rescatar emociones.

Suele estar desordenado, a oscuras, viéndome entrar y salir a toda prisa… pero el taller chisporretea alegría. Y eso es algo genial. Y evidente.

 

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