Olor a boj

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Me gusta decir que mi primer recuerdo es el olor a boj. Era bebé cuando nos llevaron de vacaciones a un pueblo fresquito, bañado por la umbría de la sierra y de las aguas termales. Me han contado cómo trepaban mis hermanos por la calzada romana, y a qué sabían los churros calientes. Pero sé positivamente que aquellos veranos olían a boj, plantados por las calles, como un ambipur natural.

Yo quería un boj en la puerta de Atentamente, con sus hojas diminutas y apretadas, que recordara a los clientes que la tiendita estaba abierta, y a mí, el olor del verano. Y tuve un boj.

Esta semana, ha muerto el boj. Expertas consultadas se asombran porque es una planta muy resistente, preparada para la ingrata vida exterior; apuntan, observando sus hojas con pintitas, que la causa puede estar en una araña que teje una red muy invisible y muy puta letal; aconsejan, en fin, despedir al boj haciéndole un bonito funeral.

Y eso hicimos.

Viene caracolitos, como todas las tardes.

  • Caracolitos, se ha muerto el boj.
  • ¿Y qué hacemos?
  • Dicen las expertas consultadas que le despidamos con un bonito funeral.
  • Vale. ¿Y dónde lo llevamos?
  • Pues al contenedor —ya, ya lo sé, pero no firmé el Protocolo de Kioto—

En silencio, nos acercamos al contenedor. Nos parece demasiado arrojarlo dentro, y lo dejamos al lado, por si pasa alguien que quiera usar la tierra, o el macetero. Me siento mal porque no he sabido cuidarlo, tan pendiente de la bimba, pero hasta las hojas más duras tienen sus necesidades.

  • ¿Y si le cantamos una canción de despedida?
  • ¿Le cantamos «Que el eterno sol«? —unos versos que se usan al finalizar la clase de yoga—.

Empezamos a cantar a una planta seca, y eso, que parece un solemne memez, me reconcilia con mi boj, le deseo buen viaje al paraíso de las plantas de exterior, y que desde allí, me siga recordando a qué huele el verano.

 

 

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