La actitud atenta

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Entra una señora mayor. Buenos días, buenos días. Al poco, un señor mayor. Buenos días, buenos días, qué fría está la mañana, sí, mejor dentro, claro que sí. Me recuerdan a los abuelos atentos: ella, entra exploradora; él, renqueando; los dos, elegantes, cariñosos, disfrutones —»Iba a invitar a mi marido a un café, pero he visto la máquina de escribir del escaparate, y le he dicho, espera, vamos a ver despacio qué es esto»—.

Me encanta la imagen: deben llevar juntos la vida entera, se saben todos sus chistes, recitan por lo bajini las anécdotas que el otro cuenta, pasan más ratos en silencio que hablando… Pero se ponen guapos, y salen a tomar café.

Él resulta ser amante del papel de origami, me cuenta que hizo talleres de plegado, también de caligrafía japonesa, que ya no los hace porque tuvo la mejor de las profesoras, y la marcharon, por ser demasiado buena. Ella ve unas pegatinas de gatitos que está segura chiflarían a sus hijas. Pero cuánto se parecen a los abuelos atentos, pensando todo el día, día tras día, en sus hijos.

  • ¿No me ibas a invitar a un café?
  • ¡Ay, sí! Pues otro día me llevo las pegatinas, que hoy voy con el dinero justo.

Aún en la puerta, hablamos un poquito más. Ella ya necesita su café y le entra la prisa; él, ahora, se encuentra a gusto, me desea que la bimba crezca fuerte, me invita a contactar con su antigua profesora, que de ser así, volvería a plegar y a escribir kanjis… Y al marcharse, lo dice: «Mira que tienes cosas bonitas, pero de todo lo que he visto, lo que más me gusta es el nombre.» Me pongo roja. «Es que Atentamente es una actitud tan de nuestra época que encontrarla de nuevo, en tu época, es hermoso.»

Y pienso: si los abuelos atentos hubieran presenciado esto, habrían ido con ellos a tomar café, la atenta un poco más tarde: se quedaría comprando pegatinas, para su nueva amiga.

 

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