Cariño en la pared

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Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta. 60 postales atentas, pegadas con washi a la pared, que todos sabemos que es superbueno porque tiene la fijación justa y se despega sin…

  • ¡Sigue, por dios bendito!

Hay veces en las que los clientes me preguntan cuánto cuestan. Yo les sonrío y les digo que no están a la venta; son regalos de la corriente atenta que, estando de vacaciones, se acuerdan de la bimba y de la papelera, y les envían cariños. Me miran como si les hablara en latín, y luego, reparan en el expositor oxidado de las postales que sí se venden. Empiezan a girarlo, ñññe, ñññe.

Las primeras son de amigos —la 1, de P. desde Galicia; la 4, de C. y F., desde Berlín; también de la familia —la 15, desde Barna. La despego, ejem, muy fácilmente: «Hola, guapa, estamos en el Born, tomando unas cañitas y unas bravas, acordándonos de ti.»—. O de los abuelos atentos, de ellos hay montones —la 20, la 21, la 28, la 44, la 60—.

Después, empiezan a llegar postales de clientes atentos, desde Nueva York, Donosti, desde París, en Padova —»Dopo una buonissima pizza al Pago Pago…»—. Está la postal de unos novios durante su luna de miel en Madeira, o la de aquel guiri que descubrió la tiendita mientras estudiaba español —»To María: que tengas un buen día»—.

Las hay supercurradas, como una que es de corcho, o un puzzle, o un barquito de papel pintado por V., que la envió sin siquiera conocerme. Y están también las mías: la de enero en la playa, que la enterré un rato en la arena; y una acuarela de Vernazza, un lugar diminuto y hermoso lleno de viñas y de turistas.

Las miro muchas veces, las noto a mi espalda, irradian el cariño con que se eligieron, se pensaron las palabras, se dejaron caer en el buzón. A veces las despego —que nooo voy a detenerme en el tema del washi— y se las releo a la bimba. Y ella dice, supercontenta: «¡Gracias por escribir postales atentas!»

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