Tutto petaloso

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Un niño italiano, un bimbo, se la inventó. La maestra explicaba en clase los adjetivos, y preguntó cómo describir una flor. Entonces, Matteo — puede que con la mano zurda, puede que mordiéndose la lengua— escribió: pe ta lo so.

Ella, aun sabiendo que no existe en italiano, alabó el ingenio del pequeño y la belleza de la palabra. Las redes sociales polinizaron la hermosa historia, y petaloso llegó, volando volando, como si soplaras un diente de león con los ojos cerrados, hasta Atentamente.

Desde hace unos meses, E. decora el escaparate atento. Con sus rotus magia-maravilla, dibuja historias: de zorritos en otoño, de tres reyes-lápices en navidad… E. es como sus dibus, leves y delicados. Cada vez que los borro, lo paso mal. Ella me calma: «Es arte efímero, ahí está también su belleza.» También es sabia.

Con el cambio de estación, recuerdo la historia petalosa, y pido a E. si puede incluir la bella parola en el escaparate de primavera. Pinta un balcón con volutas, esbeltas flores de colores, y sobre la más alta, que yo digo que es una camelia, anida un pájaro, que trina petaloso.

En realidad, tutto è petaloso en la tiendita de papel. Los papeles Tassotti cuajados de dalias y magnolias, las maletas de cartón brotadas de tulipanes, germinan margaritas en los cuadernos, en los troqueles, los washis, los sellos… También las plantas se desperezan del invierno: la orquídea se estiiiira despacio, y el kalanchoe, con unas flores pequeñitas y apretadas, acaba de donar su diminuto regalo rojo.

También yo estoy petalosa. He aprendido en yoga que durante la primavera abandonamos la instrospección del invierno, nuestros miedos, las cosas que no nos gustan; las observamos, y las dejamos marchar. Y quiero, esta primavera, que me broten historias maravillosas, que me crezcan hojas de suave papel, que huela a lápiz recién afilado… que sea una papelera petalosa.

 

 

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