¡Corre, atenta, corre!

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En mi primera Media Maratón corrí los últimos 16 km sola, con la ambulancia de Cruz Roja detrás de mí, «¡¿Vas bien?!», y yo, dedito del wasap hacia arriba. Llegué. La última. Y crucé la meta tan campeona como si acabara de hacer marca para los Juegos Olímpicos.

Qué risa en aquella otra, que vi a mi peluquero parado, muy fatigadito, y me paré yo también:

  • J., ¿estás bien? ¿Quieres agua?
  • Pero… — los rizos, eso sí, impecables, el tío— ¡tira palante!

O en la Behobia, que me llevaron en vespa al velódromo de Anoeta a recoger el dorsal, ¡y lo perdí! La voluntaria de la carrera me miraba con cara de Ay amá mientras yo le relataba: «Pero si lo llevaba aquí metidito en el abrigo, y al subirme a la moto no sé qué he hecho o qué…»

Me acuerdo de estas cabezonadas mientras hago cola para recoger un nuevo dorsal. Voy al cerrar la tiendita, vestida de papelera atenta, mis medias no son de compresión ni huelo a réflex. Mientras espero, repaso cómo ha sido mi preparación para la Media: no he hecho entrenos de calidad, no he hecho cuestas ni cambios de ritmo —se dice Fartlek; lo que sea—, he pasado de vaciar los depósitos de carbohidratos una semana antes, no he subido al feisbuk mis marcas, mis kilómetros, mis calorías gastadas… Soy una corredora sin tontunas.

Me entregan por fin el dorsal. Qué bonito. Me llamo Atentamente. ¿A ver el número? 2-2-4-5. ¡Pero qué chulada de número! Es la primera parte del teléfono de los abuelos atentos, y es, además, mi día y mes de nacimiento. Este año gano.

Vuelvo a la tiendita, pongo el dorsal en el escaparate para que se imante con lo atento, me alegro muchísimo de ser una corredora sin tontunas, de no tener las mejores marcas y tener las mejores cifras, de correr con justita preparación y muchísima motivación. Y me imagino a la corriente atenta y a la bimba animando: ¡corre, atenta, corre! Y entonces, fijo que gano.

 

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