Las tardes de puntillas

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La búsqueda del equilibrio —Paulo Coelho, sal de mi cuerpo— también existe en las papelerías. Hay semanas en las que vas como la carita que aprieta el culo los dientes del wasap: se te apelotonan cuatro talleres, cinco pedidos, infinitos correos, la regla y la cansaera general. También los clientes acuden en aluvión, y me chino porque no me dejan concentrarme en cosas propias de papelera.

  • Vender es LA COSA de la papelera.
  • Tío Gilito, sal de mi cuerpo.

Y luego, llega el equilibrio. Tardes en las que todo se detiene, apenas entra gente, las horas caminan de puntillas, y parece que no pasa nada, como en las etapas de transición del Tour. La cosa es que me encantan las etapas de transición del Tour.

Y por eso, disfruto mucho las tardes de pedalada lenta, silenciosa, en las que me dedico a contemplar atentamente la tiendita. El sol de la tarde hace cosquillas a las pajaritas de papel y, durante unos minutos apenas, se ve una guirnalda de sombras reflejadas en la pared, efímera, hermosa. Giro en el taburete para no perdeme el cinexín que, las tardes de sol, se proyecta sobre la pared de papel pintado. Dura solo un instante -hay que estar muy atento- y puede leerse…

AtentamentE

Lunes, de 17-20; martes a sábado, de 10.30-14…

Me sé de memoria el horario pero, intuirlo sombreado en la pared me parece un pequeño espectáculo. Como descubrir que a la orquídea le está brotando un tallo nuevo. O que los membrillos siguen perfumando. O que la bimba se duerme cuando dejo de oír su botita roja —pom, pom, pom—, golpeando el suelo, al compás de la música… Parece que no pasa nada; pero por las tardes, de puntillas, pasa todo.

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