Eruditos de lo inútil

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Hubo un tiempo en el que decidí vivir despacio, y en tanto me inventaba un trabajo que me volviera a enamorar, me dediqué a cultivar lo inútil: ver crecer mis flores, silbar, memorizar libros, ir a clases de francés para hacer amigos, apuntarme a un curso de ópera organizado por A.N. … Aunque si hubiera sido de finanzas para desnucarse de aburrición también hubiera ido; porque todo lo que hace A.N. es maravilla.

¿Pero a dónde quieres llegar? ¡Que estamos hasta arriba de cosas superimportantes!, brama el coro de lo útil.

Pues a que A.N., ¡A.N.!, ha venido esta semana a Atentamente.

– ¡Hola! Perdona que no haya podido venir hasta ahora, me han hablado tanto de tu tienda preciosa, ¿estás contenta?

De la impresión, me caigo de la silla de dentista, y ya que estoy en el suelo, aprovecho para besarle los pies, porque A.N., al igual que B., es erudito de lo inútil, de lo curioso, lo efímero, lo bello, de las cosas que nos salvan de la asfixia, de la no-vida*. No aprendí mucha ópera porque es que eran muy largas y a mí me daba me da el sueño prontísimo, pero me enseñó a sonreír con los ojos.

Contempla A.N. la tienda de papel, elige sobres, pegatinas, tararea y lleva el compás de la música con la mano. Yo disimulo ante el ordenador, como si hiciera cosas útiles —»Apreciado señor Washitape: soy una atareada papelera que…»— pero, en realidad, miro, embelesada, la mano bailarina del erudito.

Está a punto de marcharse. Le suena el móvil. Se disculpa. Le sonrío con los ojos.

– ¡Hombre, B.! ¿Qué tal todo? Pues te había llamado porque quería contarte que…

«¡Atiza!», pienso, de nuevo contra el suelo. «Si B. es erudito, y A.N. es erudito, lo natural es que estén hilvanados y juntos hagan maravillas.» Y me siento muy honrada por que lo inútil nos cría, y Atentamente nos junta.

*Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

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