Delirios de abuela

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“Ese negocio de la nena… Le va a ir bien.” Así de claro tenía abuela Rosario el porvenir de Atentamente.

Hace unos días que se nos ha ido. Era una abuela ¡tan! abuela, que era la madre del abuelo atento. Y aunque ha llegado hasta el final de su camino ―que es como la vida tendría siempre que ser― nos deja mucha pena. También muchas historias contadas maravillosamente, entre risas y lágrimas, gesticuladas con su manecicas retorcidas y sus ojazos azules. Porque para abuela, tan importante era la historia como saber contarla.

El verano pasado ya nos avisó de que estaba muy cansadita. Yo estaba disfrutando del inventario ―ese que luego borré― cuando el abuelo atento, con un hilo de voz, llamó: la abuela no estaba bien. Marcharon a cuidarla y a cada kilómetro que se alejaban, con más tristeza tecleaba las referencias del washi tape ―a lo mejor por eso se borró, porque era un inventario triste―. Algunas tardes, me contaban los delirios de abuela:

  • Nena, ¿has traído dinero para pagar a estas señoras? (por las enfermeras)
  • Yo ahora ya me marcho a preparar la cena de Mariano (su marido, que llevaba 17 años muerto)
  • Es que a mí me gustan las naranjas, y las pescadillas pequeñicas (este delirio es mi favorito. Lo escribí sorbiendo mocos y aún sigue pinchado en el tablón del atelier)

Se puso milagrosamente buena, y viajé yo también a verla. La encontré muy abuelita, preciosa y aún con ganas de contar. Ya al marcharme, me pidió:

  • Nena, tienes que mandarme una foto de tu tiendecica.
  • Claro, abuela.
  • Pero que sea en color.

Abuela Rosario se nos ha ido y no he heredado sus ojazos azules. A cambio, me deja su ejemplo de mujer resuelta, independiente, sensata, dulce, de risa fácil… Ojalá mi habilidad para saber contar ―y para delirar― me venga, también, por parte de abuela.

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