Cuando fui matahari

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Ser copiota está fatal. Pero como yo quería que Atentamente fuera tienda y fuera atelier tuve que ser copiota. Total. Fatal ya estaba.

Confieso que hice un poco de espionaje industrial en algunas tiendas de la capi, para ver cómo organizaban los talleres. Con gran disimulo, me matriculé en un taller de carvado de sellos y en otro de washi tape. Al primero fui en coche y me pusieron una multa en la dictatorial zona azul madrileña; fui al segundo en bus, y con las afonías de la muerte, penosidad que, sin embargo, me benefició para evitar confesar que era una espía industrial afónica.

Allí estaba matahari, haciendo como que carvaba mientras cotilleaba con el rabillo del ojo: el local, los muebles, los materiales, la música, si daban merienda, si olía bien… Pero es que el espionaje industrial es muy canso, y el carvado de sellos muy entretenido, así que poco a poco se me fue olvidando lo del matajarismo, y me concentré en hacer un sello que es una flor. Lo mismo en el taller de washi: como no podía hablar por la penosidad, enfoqué sobre la tarea: decoré mi cuaderno con tiras de washi, una blonda, un lazo rosa -la afonía te vuelve cursi- y hasta puse en peligro mi espionaje estampando en la portada A T E N T A M E N T E. Regresé a casa con muy poca información sensible, y contentísima por las monerías que había hecho.

Ajenos a toda estrategia, los talleres atentos se fían del sentido común y del cariño, y triunfan como la cocacola: los imparten talleristas excelentes, los proyectos son bonitos, y el atelier tiene un cedazo que solo deja pasar a gente preciosa. Me gusta que al entrar lo encuentren todo colocado, y que al salir parezca el apocalipsis. Me enseñan felices sus álbumes, las grullas, sus cajas y cuadernos… A veces, reconozco mi sello imperfecto y bonito estampado en sus cosas… Y me alegro, un montón, de cuando una vez fui matahari.

 

 

 

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