Imperfecto y bonito

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– ¡Lo que tú eres es una currrsi!

– ¿Cursi, yo? ¡Habló el afrancesado!

– Una cursi que huele a colonia de bebé, se pasa las horas venerando papeles, acariciando sellos, ¡de rodillas frente a un mueble de cartón con ceeelos!

– ¡Se llama washi tape, asno!

Salgo de puntillas del baño, porque la tiendita de papel y el atelier están teniendo tremenda bronca. Me hundo en el ordenador, como que a hacer pedidos, pero con la antena puesta en la primera crisis de la pareja atenta.

– Lo que no entiendo es que, llamándote atelier, no te cuides un poco más, que estás siempre potroso perdío.

– Es que mademoiselle lacitos hubiera preferido un quirófano, ya lo sé. Pero te tocó un taller, y un taller ES desordenado, sucio, cuanta más mugre, mejor taller. Si, ¡además!, me has vestido como te ha dao la gana, con cortinas de saco…

– De arpillera.

– Lo que sea.

«Querida lou, te escribo porque necesitaba una cortina de arpillera una mesa de cerezo para la tienda…»

– Es que me pongo triste cuando todo el mundo te suspira, cuando oigo las cosas preciosas que te dicen, y yo aquí, mientras, acumulando facturas que son papeles feos, cortando cartones recios y grises, aguantando al cansino del váter, que a cada poco le entran delirios de grandeza y empieza a hiperventilar…

– Eso no es cierto. En el taller también ocurren cosas maravillosas: yo doy saltitos cuando retumbas a golpe de martillo y punzón, me perfumas con el té de tardes lluviosas que ofreces en las meriendas, me encanta cómo la gente se ríe contigo, cómo se concentra en el trabajo, y qué emoción mirar sus caras al marcharse, con su álbum, su carpeta, su cuaderno, su sello artesano…

– Pero tengo una forma rara. Soy oscuro. Y del techo me sale un platillo volante.

Lo imperfecto es bonito.

– Tú sí que eres bonita.

– Anda, dame un beso, tonto.

«Ya me dices cuánto tardará en llegar la mesa, lou. Y a la espera de noticias, dame un beso, tonta te saluda, atentamente

 

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