Al principio fue la música

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Cuando te da un siroco y dices que vas a abrir una papelería-atelier, una de las primeras cosas que has de encontrar es un local –o una bajera, que dirían mis navarricos-.

Dice Jorge Carrión que las librerías han de rodearse de vecinos que les hagan espejo, lugares amigos que narren historias parecidas, tiendas cómplices con las que tender puentes.

Yo fantaseaba con encontrar un local cerca de Hydria. Nacer a la sombra de una librería tan enraizada, con ramas tan amplias, hermosas y diversas, me daba alegría. Y confianza. Sabía que junto a los libreros atentos las cosas iban a estar bien.

Pero los precios de los locales –o bajeras- me hicieron renunciar a las palabras poéticas de Carrión, y optar por la pálida prosa de los gastos fijos mensuales.

Y entonces fue la música. Porque, puede que haya gente que no sepa dónde está en Salamanca la calle Sierpes, pero todo el mundo sabe llegarse hasta la estatua de Rafael Farina, cantaor charro universal que vivió -y seguramente canturreó- en esta misma calle.

Así que fui a ver un local pegadito a la capa charra de Farina, y desde que lo pisé sentí que sí. Paseé por la sala, el taller, bajé al almacén… Desde el escaparate miré el magnolio del jardín. Lo imaginé provocándome cada primavera con sus flores rotundas; cada invierno, cobijándome en sus hojas barnizadas, y sentí que sí. Los vecinos –una imprenta, una fotocopiadora, un periódico, una escuela de música- me recordaron aquella poesía de los puentes. Por fin, le pregunté al propietario:

–       ¿Y esto qué fue antes?

–       Fue el taller de un luthier.

(Yo creo que entonces se oyó un SÍ mayor)

Volví a casa con el eco de virutas, gubias, cajas armónicas, cuerdas, clavijeros… Quizás estaba un poco sugestionada por mi reciente viaje a Italia, a Cremona, la ciudad natal de Antonio Stradivari, el luthier en cuyas manos nacieron joyas de madera eterna.

Necesitaba una opinión menos arrebatada y se la pedí a R. “Yo voy a verlo; si me gusta te lo digo, y si no, también.” Paseó por la sala, el taller, bajó al almacén –“Mola la cripta”-. Tenía prisa porque se había escapado del curro. Pero antes de irse, en mitad del local, asintió muy a cámara lenta, y solemnemente, sacó del bolsillo el disco que yo más quería, mientras musitaba: “Es aquí, maría, es aquí.”

Luego llegaría el origami y el washi tape. Pero al principio fue la música.

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